ATRAPADOS EN URBASA
Desde hace unos años el cartel de la convención se ha convertido en una pequeña muestra de nuestro amor por la Historia. Un asunto que cuidamos con cariño y esmero, y para el cual no podíamos sino contar con los mejores ilustradores posibles. Tanto Iván Cáceres como Nils Johansson soportaron nuestras largas disquisiciones sobre qué época representar, cómo hacerlo, qué transmitir, encuadres, uniformes, tonos… Su paciencia y talento nos regalaron unos cuadros maravillosos, con los que algún eremita burgalés decora las paredes de su ludo-cueva.
En la última edición, no obstante, contamos con los pinceles de Josean Morlesín: encuadrado en los “Guías de Álava”, doctor y profesor en Bellas Artes por la UPV, “Bunkero” vitoriano y temible general de Enanos, Josean también ilustra carteles cinematográficos para su amigo Paul Urkijo, diseña modelos 3D cual Fidias moderno y, entre baile con las musas y conversación con Apolo, se zampa buenas horas de parque cumpliendo la aciaga condena en la que andamos enfangados últimamente.

El año pasado tocó la frontera del Duero, un homenaje a todas esas regiones en las que, en algún momento de la Historia, se han reproducido las dinámicas de vacío de poder, aceifas y razzias, pioneros duros, asentamientos protegidos y aventureros mercenarios. En su creación intercambiamos innumerables opiniones, puntos de vista e ideas. Las diferentes versiones nos fueron acercando a la definitiva, siendo el parabién de Eduardo Kavanagh, jefe de cabecera de Antigua y Medieval en Desperta Ferro, el que nos tranquilizó definitivamente.
Este año no ha sido diferente, aunque es cierto que la tormenta inicial de ideas fue bastante más corta: por mucho que los chinos digan que el próximo año será el “del caballo”, nosotros tenemos requete-claro que, al menos aquí, 2026 será el año “del carlista”. Una Guerra Imposible por fin se publicaba en otoño del 2025, alegría solo comparable a aquellos griegos que gritaron “Thalassa” hace dos milenios, tras una elongadísima travesía editorial.

Muy bien, boinas entonces, pero… ¿Cuándo y dónde? A mi entender, el corazón carlista tiene coordenadas muy precisas: Estella, su capital de fortuna, y especialmente la sierra-muralla que la protege: Opacua, Urbasa y Andía. Cualquiera que haya transitado la autovía entre Vitoria y Pamplona habrá observado, al sur, el impresionante acantilado longitudinal que se extiende a través de decenas de kilómetros, siendo el monte San Román un baluarte brutal que domina todo el valle en “U” de La Barranca, también denominado Sakana. Con Aizkorri-Aratz y Aralar al norte, recorrer los casi 100 km que separan ambas capitales debió de ser, para las columnas liberales, la peor pesadilla imaginable: aliens de boinas rojas y predators con patillas burnside les esperaban emboscados.

Fijado el dónde, quedaba el cuándo. Acudiendo a la Historia, David y yo no teníamos dudas: la acción de Artaza. El 22 de abril de 1835 Zumalacárregui, con poco más de 5.000 hombres, propinó un desagradable correctivo a la columna de 22.000 liberales de Gerónimo Valdés en Las Améscoas. La trampa se había urdido con paciencia y astucia desde que los cristinos salieron de Vitoria tres días antes. El momento representado en el cartel es del día 20, cuando tras pernoctar en Salvatierra de Álava, la columna decide internarse por el puerto de Olazagutía al “desierto verde” de Urbía.

Los oteadores carlistas, por tanto, están situados en lo alto del puerto. Las peñas que quedan al frente conforman la sierra de Egino, con el macizo del Aratz y del Aizkorri al fondo. A la izquierda se puede observar cómo se abre la Llanada Alavesa, mientras que a la derecha se intuye la amenazante forma en la que La Barranca se cierra. El puerto viejo de Olazagutía, con sus inconfundibles curvas de herradura, se convierte por tanto en una serpenteante culebra azul que avanza hacia su perdición. Conocedor experto de la zona, no puedo expresar lo mucho que me impresionó Josean al reflejarla a la perfección con dos trazos y unos cuantos tonos de color.
Urbasa, por tanto, es una sierra kárstica donde encontrar agua es complicado. No digamos, ya, comida. Una imagen satelital cualquiera nos lo confirmará: sin pueblos y apenas un par de carreteras que la cruzan, la sierra es un lugar de extraordinaria belleza pero sin ocupación humana incluso en el siglo XXI. Apenas unas cuantas ovejas pastan por sus laderas y bosques, las responsables del famoso queso Idiazábal. En abril de 1835, empero, Zumalacárregui se había encargado bien de despojar de cualquier suministro a los isabelinos.

Y allí que subieron, sin saber que la trampa se cerraba. La otra característica geológica del lugar es que la meseta está rodeada por un contínua muralla pétrea, rota tan solo en lugares puntuales como el propio puerto de Olazagutía o, nuestro futuro protagonista, el de Artaza. Y es que cuando los liberales intentaron bajar de aquellas desoladas tierras, se encontraron con que el Tío Tomás había congregado a sus escasas tropas para cerrarles el paso.
El castigo fue severo, y tan solo cuando se agotaron las municiones pudieron los liberales restantes volver al valle. Las consecuencias de la acción fueron inmediatas: los cristinos se retiraron a las guarniciones de Vitoria, Logroño y Pamplona, mientras que los carlistas comenzaron a internarse en las Provincias Vascongadas para prolongar su propia “Guerra imposible”.
Versiones
En todo momento nos vimos condicionados por un compromiso entre el hecho histórico, la belleza natural y la composición artística. Los primeros bocetos planteaban unos impresionantes cortados, realistas en cuanto a la geología presente en el terreno, pero que a duras penas pudieron ser usados por su magnitud para realizar la emboscada. Además, la parte más agreste de la sierra es la norte, y no la sur, precisamente donde se encuentran la mayoría de portillos de acceso como el de Artaza.

La solución fue atrevida: no representar la propia acción de Artaza, sino el inicio de la celada dos días antes. El momento exacto en el que Zumalacárregui comprendió que Valdés no sólo haría una demostración de fuerza en los valles, sino que realmente buscaba el enfrentamiento. Es justo entonces cuando “El Lobo de las Améscoas” envió mensajeros para congregar a sus escasas tropas en la sierra y cortarles la bajada.
Las diferentes versiones se sucedieron, teniendo en cuenta tanto la orografía como el momento de la composición, las luces, posición del sol, tonos de la vegetación en abril… En cuanto a la siempre dificultosa uniformología carlista, la solución estaba clara: acudir a nuestro capitán de los “Guías de Álava”, don Raúl Mendo Herrán . Su hoja de servicios como wargamero, pintor de miniaturas, recreador histórico e ínclito conocedor de nuestro patrimonio histórico-militar le configuran como el tipo al que acudir con dudas. Él nos recomendó mesura con las boinas rojas, pues al parecer tan solo algunos oficiales y muy pocos regimientos las portaban, siendo más habituales las azules.

Mención aparte merece una idea que abandonamos tempranamente, pero de la cual existe boceto. Josean, imbuído por el Romanticismo de la época, descubrió un pasaje real en el que la noche anterior a la batalla las memorias de dos oficiales de bandos opuestos relatan el vivac que acontece estando ambas fuerzas a dos tiros de fusil: la enorme columna liberal, situada en un alto a las afueras de Contrasta, es observada por el capitán de lanceros Henningsen, cruzándose su mirada con la de Fernando Fernández de Cordova.

El resultado final del cartel es una composición en profundidad de enorme narratividad en la que, si bien no existe acción directa, se puede llegar a intuir el armado de una compleja emboscada que castigaría a los liberales dos días después. Como bien apuntó Paco Ronco: “las emboscadas se tienden para no dejar salir al enemigo de un lugar incómodo”. La sierra de Urbasa, como ya lo había sido para los franceses, fue ese lugar complicado. Refugio, por otra parte, de la legendaria infantería ligera carlista.

Homenaje Quiero acabar este artículo dedicando este cartel, con el permiso de Josean, a Ekhi Arroyo Fernández de Leceta, originario de Ullíbarri-Arana, localidad contigua a Las Améscoas. Desde niños exploramos esos montes, tanto durmiendo en tiendas de campaña como refugiándonos en el fuego de la casa de sus abuelos para degustar la mejor patata del mundo. Hace un año, precisamente en las peñas al fondo del dibujo, nos abandonó lo que en él había de mortal. Sirva la mirada de ese oficial en primer plano para recordarnos el inmenso luchador que fue. Betiko argia zaitugu.


