Era este un extenso campo a la salida de la villa, entre el río Deva y el camino de Plasencia. Allí formó muy de mañana el ejército de Espartero, y ante él fue desfilando la división castellana, con su jefe el General Urbistondo. Maroto, que parecía resucitado, a juzgar por la repentina transformación de su continente, que recobró su gallardía, así como el rostro la expresión confiada y el color sano, ocupó su puesto; al punto apareció con su brillante Estado Mayor el Duque de la Victoria, y recorridas las líneas, cautivando a todos con su marcial apostura y la serenidad y contento que en su rostro se reflejaban, mandó a sus soldados armar bayonetas; igual orden dio Maroto a los suyos. Espartero, con aquella voz incomparable que poseía la virtud de encender en los corazones la bravura, el amor, el entusiasmo y un noble espíritu de disciplina, pronunció una corta arenga perfectamente oída de un lado a otro de la formación, y terminó con estas memorables palabras: «Abrazaos, hijos míos, como yo abrazo al General de los que fueron contrarios nuestros.» Juntáronse los dos caballos; los dos jinetes, inclinando el cuerpo uno contra otro, se enlazaron en cordial apretón de brazos. Maroto no fue de los dos el menos expresivo en la efusión de aquella concordia sublime. En las filas, de punta a punta, resonó un alarido, que parecía explosión de llanto. No eran palabras ya, sino un lamento, el ¡ay! del hijo pródigo al ser recibido en el paterno hogar, el ¡ay! de los hermanos que se encuentran y reconocen después de larga ausencia. Era un despertar a la vida, a la razón. La guerra parecía un sueño, una estúpida pesadilla.
Benito Pérez Galdós. Vergara (Episodios Nacionales).
Entre el 17 de abril y el 12 de mayo de 1839 tuvo lugar la batalla de Ramales, la última relevante de la Primera Guerra Carlista en el Norte. Su resultado fue una derrota carlista sin paliativos que, unida a la falta de dinero para satisfacer las pagas, colocó a Maroto, jefe del Ejército Carlista, en una situación complicada.
Los siguientes cuatro meses supusieron una lenta agonía del carlismo, salpicada de conspiraciones y motines, mientras los liberales proseguían su campaña de incursiones destructivas protagonizadas por Diego de León y Zurbano. Espartero, con el grueso del ejército, avanzaba desde Ramales hacia el este, de forma lenta pero inexorable.
A finales de junio, mediante la intercesión británica, Maroto trató de negociar la paz, arrancando algunas concesiones a los liberales, pero éstos no estaban dispuestos a transigir en nada más allá de respetar los empleos y grados de los oficiales carlistas. A lo largo de julio y agosto el ejército carlista se fue desintegrando, proliferaron los motines y muchas unidades quedaron fuera de control. Además, cada provincia empezó a buscar una salida por su cuenta, empezando por los guipuzcoanos y después los vizcaínos, al grito de «paz y fueros». La situación era caótica y la amenaza de Maroto de volver a combatir si no se aceptaba alguna de sus peticiones resultó poco creíble.
Finalmente, el 29 de agosto se cerró el convenio bajo las condiciones liberales y el 31 tuvo lugar el Abrazo de Vergara entre Espartero y Maroto. Don Carlos y sus fieles partieron al exilio en Francia, cruzando la frontera el 14 de septiembre. La última bandera del carlismo en el Norte se arrió el 25 de septiembre en la fortaleza de Guevara, que fue volada.
El motivo de la camiseta de la IX edición de la Bellota Con es ese famoso Abrazo de Vergara, que selló el fin de la Primera Guerra Carlista en el Norte y condenó a la derrota a los otros focos principales del tradicionalismo, que subsistían en el Maestrazgo y Cataluña. Las últimas tropas carlistas, lideradas por el general Cabrera, cruzaron la frontera francesa el 6 de julio de 1840, dado por concluida la guerra en toda España.

El de Vergara fue un convenio impuesto por los vencedores, pero a diferencia de lo sucedido tras la última Guerra Civil (1936-39), los vencidos no sufrieron una brutal represión en la posguerra. Sin embargo, tampoco fue un acuerdo que zanjara la disputa definitivamente, ya que el carlismo pervivió como movimiento político y social y volvería a alzarse en armas en otras dos ocasiones: en la Guerra de los Matiners, únicamente en Cataluña (1846-49) y en la Tercera Guerra carlista, de nuevo en toda España (1872-76). También hubo carlistas en el bando sublevado o nacional de la última guerra, y precisamente tras ese conflicto, en el que formó parte del bando vencedor, el carlismo entraría en decadencia hasta convertirse, a finales del siglo XX, en una ideología residual.
Tras diseñar el espectacular cartel de la convención, Josean Morlesín ha creado un estupendo dibujo para la camiseta, acorde al tema escogido para esta edición: el abrazo de los dos generales, Maroto y Espartero, con sus tropas al fondo, firmes y con la bayoneta calada. El final de un terrible conflicto trascendental en nuestra historia que merece ser rescatado del olvido. Recrearlo en nuestras mesas de juego es otra forma de conocerlo y entenderlo.
David Gómez Relloso


